FLY AND DRIVE

Fly and drive. Ese es el resumen de nuestre viaje por yankilandia. Un viaje que no extrajo su espíritu de ningún lugar en concreto, sino del incesante movimiento hacia adelante, en ruta hacia el próximo destino. La sensación embriagadora de conducir a capota descubierta por lo que parecían decorados de una road movie fue, más que cualquier otra cosa, el alma de nuestra expedición.
Claro que los yankis no se andan con chiquitas en lo concerniente a las reglas de circulación. La ocurrencia de superar la velocidad máxima (que no excede en ningún sitio de 110 km/h) o de darse una vueltecita con unos chupitos de anís del mono se paga con el módico precio de una noche en el calabozo. Allí, el infractor podrá reposar en compañía de la amigable población reclusa del lugar, siempre dispuesta a ayudar incluso en las más nimias tareas, como la recogida del jabón en la ducha y similares.
Os dejamos con un retrato-homenaje de nuestro inseparable compañero de fatigas, el Crhysler Sebring. Jamás nos falló y siempre permaneció a nuestro lado. ¿Es que se puede pedir más a un amigo?

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