VIVA LAS VEGAS¡¡¡¡¡

Felizmente cerrado el paréntesis causado por la traumática deriva de Pablicio en tierras germánicas, retomamos el hilo de nuestra semblanza gráfica del periplo americano con una primera incursión en su meta final, geográfica y espiritualmente hablando...Las Vegas¡¡¡¡
El nombre mismo, Las Vegas, tiene conotaciones casi míticas, evoca un universo paralelo que se diría engendrado por el delirio megalómano de un multimillonario borracho. Mezcla a partes iguales del lujo más exagerado, la horterez más extrema y el bizarrismo más desenfrenado, la imagen que Hollywood ha desparramado por el mundo entero es exacto reflejo de este gigantesco y desquiciado parque de atracciones eregido en medio del desierto como una suerte de espejismo terminal. Y es que Las Vegas es esencialmente eso, un parque de atracciones. Sólo que allí las montañas rusas, el algodón de azúcar y las majorettes son sustituidas por inagotables hileras de máquinas tragaperras, inmensos bufettes en donde los platos se multiplican hasta el infinito y prostitutas de lujo cuyas vertiginosas curvas deben tanto a la naturaleza como a la cirugía plástica.
Tiempo habrá para narraros en detalle el mundo de Sin City (apodo por el que coloquialmente se conoce esa moderna Sodoma) pero, ante todo, es obvio que uno no puede presentarse de cualquier manera en semejante templo de perdición. La conquista de Las Vegas exige, como toda empresa militar, del preceptivo uniforme de campaña. Nuestra irrupción en la ciudad caracterizados como Juanhy Deep y Pablicio del Toro hizo, por ello, las veces de un ataque relámpago, una incursión en tromba hacia su podrido corazón. Os dejamos con una estampa de los momentos previos a nuestra entrada en la Strip, el gran Boulevard en el que se disponen los megacasinos que pueblan este paraíso irreal. La reacción de los desprevenidos ludópatas ante nuestra aparición forma ya parte de la leyenda del viaje.
Pero eso será tema de otro día.

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